Los nubarrones en el FMI
- 11 nov 2019
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(COLUMNA EN NOVEDADES) Leemos y escuchamos con frecuencia a los críticos de cajón de la economía de mercado y a quienes satanizan al neoliberalismo –algunas razones tienen, evidentemente– y nos da la impresión de que piensan que lo que suceda con los organismos financieros mundiales, lo que se decida en Davos o lo que se acuerde en el G-20, por ejemplo, no es de nuestra incumbencia como país, que a Quintana Roo como estado no le debe preocupar y que se trata de asuntos ajenos al pueblo. El presidente Andrés Manuel López Obrador es uno de ellos: lo dice expresamente todos los días. Están muy errados.

Al concluir noviembre el Fondo Monetario Internacional, según sus propias reglas, ya no podrá aprobar la solicitud de México de mantener la línea de crédito flexible (LCF), que se le otorgó luego del gobierno de Ernesto Zedillo Ponce de León y se mantuvo hasta este año como reconocimiento a su estabilidad económica, a las políticas del Banco de México y al control de los principales indicadores macroeconómicos, e implica acceso inmediato e incondicional a hasta 86 mil millones de dólares.
Esta línea de financiamiento, que muy pocos países del mundo tienen, no solo implica tranquilidad y seguridad para afrontar cualquier situación emergente, sino que es poderoso aval financiero y para la inversión nacional y extranjera, pues el organismo con sede en Washington es muy puntilloso en sus evaluaciones de los países y su aquiescencia es sinónimo de confianza.
Cualquiera diría que todavía no llegamos siquiera a la mitad del mes para que se refrende el FCF con el FMI antes de que llegue diciembre, pero la mala noticia es que la extensión bianual de dicha calidad crediticia, que se solicita con mucha anticipación, suele ser otorgado semanas e incluso meses antes del plazo límite, y en general un par de semanas después de la solicitud. México lo hizo hace más de mes y medio; no solo no hay respuesta, sino que el tema ni siquiera está en la agenda de los próximos días del organismo internacional.
El banco central mexicano advirtió hace un mes que la economía seguirá debilitándose lo que resta de este año, con lo que redujo sus expectativas de crecimiento de 0.5 por ciento en septiembre a 0.43 por ciento en septiembre; para 2020 la baja es del 1.39 por ciento de la estimación al 1.35 en la más reciente.
No hay inversiones por la pérdida de confianza en el país, en particular desde la cancelación de la construcción del aeropuerto de Texcoco, el lanzamiento de obras faraónicas altamente deficitarias (refinería de Dos Bocas y Tren Maya) y por un presupuesto que carece de inversión pública con tal de cumplir las promesas populistas de López, lo que desde luego mejora un poco la vida de algunos de los menos favorecidos pero da al traste con la economía.
Quintana Roo es un estado que basa su éxito económico en una actividad que implicó mucha inversión. No solo los emprendimientos de todo el país y el flujo de divisas para proyectos productivos están frenados, sino que la política económica del México actual, que se concibe exclusivamente sobre una industria cada vez más débil como es la pretolera, ha dejado de lado el apoyo a las actividades más rentables, como son la turística y la manufacturera.
Es cierto: 36 años de neoliberalismo, como con razón se queja López, acrecentaron las desigualdades entre un puñado de ricos y los millones que no lo son, pero el país creció y se modernizó a partir de que entendió algo muy básico: país que pretenda aplicar una economía estatista es país que fracasa.
El gurú financiero del dicatdor Augusto Pinochet, mosntruoso sí, pero que desarrollo Chile, el “Chicago boy” original Rolf Luders, reconociendo los excesos y abusos del neoliberalismo ahora propone una economía de mercado pero socialmente orientada que –en eso sí estamos de acuerdo con el preidente– se deshaga de los empresarios voraces y de los corruptos, dentro y fuara del gobierno.
Por ahí percibimos que marcha Quintana Roo, pero si le va mal a México nos va mal a todos y sí: a usted y al de la letra nos afecta lo que decida el FMI y eso a López Obrador no le importa.
HOMÚNCULOS
El secretario federal de Hacienda, Arturo Herrera Gutiérrez, hace muy poco dijo confiar en que la exonomía de México crecería ¡cuatro por ciento! Ahora reconoce que el tema de la desaceleraciín que está muy cerca de la recesión le quita el sueño. ¡Pobre hombre! Es un economista muy capaz y respetado que seguramente sabe que su estimado fue absolutamente descabellado, pero tuvo que decir lo que su jefe quería oir.
Herrera tiene sus barbas en remojo, pues la salida de su igualmente reconocido antecesor Carlos Urzúa Macías, que quedó prematuramente fuera del gabinete precisamente por no estar de acuerdo con la política económica-fiscal de López Obrador, y lo dijo con todas sus letras… pero ya estando fuera.
GRILLOGRAMA
Entre la espada uy la pared…
Si preguntas, no celebro
Que tan burda sea la barba
Mas mi conclusión no tarda:
Quincena mata cerebro
columnacafenegro@gmail.com





































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